Un hombre pasa por delante del pub The Temple Bar, en Dublín, a mediados de octubre.Andrés Campos

El desfile de la recesión en Europa deja contadas pero muy sonadas notas discordantes. Dos países pequeños, Lituania e Irlanda, esquivarán este año las peores cifras con un retroceso de poco más del 2% del PIB que les deja bien encaminados para regresar tan pronto como en la primera mitad de 2021 a los niveles precrisis, según las últimas proyecciones de la Comisión Europea, una quimera para sus socios del sur del continente. Si algo más de una década atrás el huracán de la crisis de 2008 dejó a ambas economías tiritando y con dos de las peores cifras del Viejo Continente, 12 años después la historia es otra: con prácticamente todos los países de Europa —y del mundo— sufriendo los rigores de la crisis, tanto la república báltica como el país del trébol están logrando sobreponerse al peor ejercicio económico desde el fin de la II Guerra Mundial. El veredicto es unánime: España estará este año al frente del desplome económico en Europa. La cuestión es cuándo la economía española podrá recuperar el músculo de antes de la crisis. Las instituciones europeas advierten con claridad de que, en una economía muy dependiente de los servicios, cada oleada de contagios es un nuevo golpe de aleja la posibilidad de un rebote rápido y definitivo. Por ello, Bruselas señala a España como el país que quedará más rezagado en la recuperación. A finales de 2022, el tamaño de su economía todavía será un 3,27% inferior al del cierre del año pasado.

La V que debía dibujar la recuperación española se antoja cada vez más asimétrica. Al menos respecto a la que dibuja en su cuadro macroeconómico la vicepresidenta económica, Nadia Calviño. La segunda tanda de contagios incluso puede llevar a la economía a coquetear con la letra siguiente del abecedario. Por ahora, Bruselas ha decidido trasladar parte del crecimiento previsto para 2021 hacia 2022. Tras una caída del 12,4% este año, España remontaría un 5,4% el que viene y un 4,8% el otro. Se trataría de las tasas más elevadas de la zona euro, y aun así insuficientes para recuperar lo perdido en los nueve meses de pandemia de este año.

España: la última en salir del pozo

España ha pagado con creces la práctica pérdida de la temporada turística de este año para el turismo extranjero, que supuso que hoteles, restaurantes y comercios de zonas clave decidieran echar el cierre en verano. Las restricciones y la incertidumbre han llevado a los ciudadanos a gastar menos y ahorrar más –Bruselas espera una actitud muy prudente también para los próximos años— y el gran golpe presupuestario para apoyar la economía no se producirá hasta el año que viene.

El economista jefe para Europa de Oxford Economics, Ángel Talavera, en líneas generales está de acuerdo con la Comisión. “España será el último de los últimos en salir, principalmente por la propia profundidad de la crisis y por una respuesta fiscal algo más pequeña y posiblemente un mayor daño permanente en algunos sectores” sostiene. Talavera cree que, a finales de 2002, España estará un 2% por debajo del nivel precrisis. No obstante, no descarta que ese crecimiento se acelere en un escenario en el que haya una vacuna distribuida en unos meses y una normalización rápida del turismo.

Los técnicos de la Comisión son optimistas con España por las elevadas tasas de crecimiento observadas en el pasado, el fuerte rebote del tercer trimestre pese a la pérdida de los ingresos turísticos y las restricciones más suaves de esta segunda oleada. Sin embargo, hay un gran interrogante en el horizonte: ¿podrán abrir los hoteles con normalidad en verano de 2021? A ello hay que añadirle una tasa de paro que no se ha disparado, pero que el año que viene rozará el 18% con la previsible retirada de los ERTE.

En juego está volver a subirse a un proceso de convergencia que la crisis financiera prácticamente desdibujó. Las previsiones de la Comisión señalan que los países del Este, con Polonia a la cabeza, seguirán avanzando hacia esa meta. En cambio, España e Italia quedarán más lejos. Si se cumplen las previsiones de Bruselas, países como Eslovenia, Chipre o Lituania podrían pasar por delante de España en cuanto a renta per cápita. Queda por ver cuál será el efecto de los fondos de recuperación europeos, que el gobierno estima que aportarán 2,5 puntos porcentuales al PIB de 2021. Los analistas, sin embargo, creen que no es un plan de estímulo de efectos inmediatos y que su impacto podría percibirse a medio plazo.

Lituania: el milagro de una economía pequeña y abierta

Con menos de tres millones de habitantes y una extensión inferior a la de Castilla-La Mancha, Lituania es la perfecta definición de lo que en economía se suele llamar “países pequeños y muy abiertos”. Con un mercado interno ínfimo, su supeditación a las exportaciones es mucho más alta que la media europea. Un modelo propio, frágil por su elevada dependencia exterior, pero que le ha servido tanto para granjearse un hueco entre las grandes historias de éxito en la UE en los últimos años —en una década el ingreso medio disponible de sus ciudadanos casi se ha duplicado— como para aguantar con nota las arremetidas del coronavirus sobre su economía. En su favor ha jugado que, en una crisis por naturaleza mucho más dañina para el sector servicios que para lo tangible, el comercio internacional ha aguantado mucho mejor de lo que muchos creyeron en un principio: aunque sus ventas al exterior llegaron a desplomarse un 8% en el segundo trimestre, ahora todas las previsiones apuntan a una contracción de poco más del 3% en el conjunto del año.

Parte del éxito de esta resistencia numantina tiene que ver con que sus principales clientes —Rusia, Alemania y a sus dos vecinos más inmediatos: Letonia y Estonia— han mantenido buena parte de su apetito importador durante la crisis. “Pero lo más importante es que Lituania no impuso prácticamente ninguna restricción a su sector industrial y que sus exportaciones son, en general de bajo valor añadido, las que mejor han resistido”, apunta Guillermo Hausmann, economista profesor de Economía en la Universidad de Vilna. Son, en su mayoría, alimentos, muebles y químicos: “productos que se han seguido necesitando durante la pandemia”, completa Nerijus Maciulis, economista jefe del Swedbank, una de las mayores entidades financieras de los países nórdicos y bálticos. También ha aguantando inopinadamente bien el mercado de trabajo, que arrastraba una muy buena dinámica prepandemia y que ha “permitido una rápida recuperación del consumo de los hogares”, esboza por correo electrónico Polivas Lastauskas, economista del banco central lituano.

La mínima dependencia de la rama de la economía más golpeada por la pandemia, el turismo —un sector que ha crecido rápido en los últimos años pero que apenas supone el 5% del PIB, menos de la mitad que en España—, completa el cuadro. Aunque permitía presagiar desde el principio que las heridas de esta crisis serían menos profunda que en los países del sur de la Unión, pocos pensaban que se capearía tan bien el temporal: el buen desempeño se lee, según Hausmann, con “cierta sorpresa” puertas adentro dentro del país que —con su independencia, en 1991— desencadenó el desmoronamiento de la URSS y que, pese a la buena marcha de los últimos años, mantiene una de las tasas más altas de desigualdad de la UE, solo por detrás de Bulgaria. Milagros al margen —y este, sin duda, lo es: no hay más que mirar a su alrededor: Letonia y Estonia caerán más del doble que Lituania este año— las heridas sociales al interior de la sociedad siguen siendo profundas.

Irlanda: el segundo salto del “tigre celta”

La República de Irlanda, como el resto, no estaba preparada para un cataclismo en forma de pandemia. La orientación de la economía en las últimas dos décadas, sin embargo, ha jugado a su favor. Allí, la Comisión Europea pronostica un descenso de su PIB del 2,3%. La razón de esta resistencia reside en los tres pilares que sustentan más de la mitad del crecimiento del “tigre celta”, el término con el que se conoció a Irlanda durante su espectacular despegue de la década de los noventa.

El primero es la industria farmacéutica, la más importante de toda Europa, y la segunda que más exporta en el mundo después de Estados Unidos. En los últimos meses todavía ha despegado más, con la necesidad de test del virus, desarrollo de vacunas, fármacos de tratamiento y material sanitario. El segundo pilar está en la producción de software. Los grandes gigantes tecnológicos residen en un país que les ha ofrecido unas ventajas fiscales incomparables que ya han hecho retorcerse en su asiento a varios Estados miembros. Las cinco principales compañías del mundo tienen su sede en Dublín o Cork, pero también 16 de las 20 más importantes. Este tipo de servicios, incluidos los financieros, también ha visto impulsado su crecimiento con el auge del teletrabajo y las relaciones a distancia. Finalmente, la industria agroalimentaria, muy mecanizada y por tanto capaz resistir las restricciones impuestas por el virus, también ha hecho su agosto. En estos momentos teme más las incertidumbres del Brexit —sus principales exportaciones ganaderas y agrícolas van destinadas al Reino Unido— que las consecuencias de la crisis actual. Juntos, estos tres sectores suponen más de la mitad del PIB irlandés.

Aunque toda cara tiene su cruz. La mitad de los cinco millones de irlandeses se concentran en Dublín, y viven la mayoría de esos sectores tan dinámicos. La otra mitad está extendida en las zonas rurales del oeste del país, y es allí donde la pandemia, y las restricciones impuestas por un severo confinamiento, han sido devastadoras. Las principales industrias de la zona, en forma de pequeños pubs, restaurantes u hoteles, son el turismo y la hostelería. “Cuando sales de Dublín, todo es muy rural y espaciado. Y la dependencia del turismo, interior y exterior, es muy importante. Es una zona que a la larga va a tener problemas, y el Gobierno irlandés deberá tenerlo en cuenta para los presupuestos del año que viene”, explica Rubén López-Pulido, el director de la Oficina de Turismo de España en Dublín y a su vez gran conocedor de la realidad del país. Problemas que se pueden traducir en un aumento de la popularidad del Sinn Féin, el partido que durante años fue el brazo político del IRA y que en las últimas elecciones ya cosechó un resultado histórico. Las nuevas generaciones han respaldado su crítica a las desigualdades imperantes o sus propuestas para rebajar el precio de la vivienda en Dublín y sus alrededores, que hoy resulta inalcanzable.

“En Irlanda, hasta la llegada de la covid-19, los jóvenes podían encontrar empleo pero no un lugar para vivir. A la inversa, los mayores tenían un lugar para vivir pero no encontraban trabajo”, escribe el economista David McWilliams en The Irish Times. La mitad de los desempleados irlandeses que llevaban así más de un año antes de la pandemia tenían más de 45 años. Hoy esa cifra se ha disparado. El paro total para 2020 será del 8,9% según la Comisión Europea. En 2021, apenas se rebajará un punto porcentual. La UE también apunta que será de los países que más rápido recuperará el crecimiento. El reto para sus gobernantes será reducir las desigualdades territoriales y de franjas de edad, para que deje de ser cierto que Irlanda no es un país para viejos.

Nada tiene que ver esta crisis, ni en Lituania ni en Irlanda, con la Gran Recesión de 2009. Entonces, ambos países sucumbieron como pocos al zarpazo económico con sendos desplomes del PIB del 14,8% -el mayor de la UE junto con el de sus dos vecinos bálticos, Estonia y Letonia- y del 5,1%. Hoy la historia luce bien distinta, pero, con todo, el brillo de la economía en los últimos años suena aún lejano: hasta que la pandemia hizo acto de presencia, la república báltica lleva tres años consecutivos rondando el 4% anual, y la isla ha promediado más de un 7% en ese periodo. Esas cifras tardarán en llegar de nuevo.

Fuente: EL PAÍS
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