El futuro de Radar Covid: turno de las comunidades autónomas

Timotheus Hoettges, CEO de Deutsche Telekom AG, con un móvil provisto de Corona Warn App, la app alemana de rastreo.Hannibal Hanschke / Reuters

La puesta en marcha de la app Radar Covid en diferentes puntos del país suma a España, con unos meses de diferencia, a la lista de países europeos que han desarrollado aplicaciones de este tipo para tratar de monitorizar posibles contagios entre sus ciudadanos. Casi todos los países de la Unión Europea están utilizando aplicaciones descentralizadas, como la española, lo que significa que la información está encriptada, es anónima y no es accesible por terceros. Tampoco se identifica al usuario ni se accede a su localización.

Pero hay algunas excepciones. Francia decidió apostar por una aplicación propia en lugar de basarse en los mismos protocolos que el resto de la UE. “Su app tiene todavía muchos problemas. Utiliza un sistema centralizado, distinto al del resto de apps europeas, en el que los datos que recoge podrían desanonimizarse con facilidad”, explica Lorena Jaume-Palasi, cofundadora de la ONG Algorithm Watch y experta en los aspectos éticos de la digitalización. Fuera de la UE, otros países como Noruega o Reino Unido han renunciado directamente a utilizar estos sistemas de rastreo digital por posibles complicaciones con la privacidad.

El debate sobre el tratamiento de la información personal se ha puesto sobre la mesa en todos los países, también en la sociedad española, donde algunos usuarios temen que la aplicación atente contra su intimidad, a pesar de que los expertos ratifican que, comparada con las demás, la app española es una de las que más respeta la privacidad de los usuarios. “Se ha puesto especial empeño en que la privacidad fuera lo más importante, precisamente para evitar suspicacias. No recoge ningún dato personal. No podría ser menos intrusiva”, explica Paloma Llaneza, abogada e integrante del grupo de expertos que asesora al Gobierno para crear una carta de derechos digitales.

“Es sorprendente que haya una percepción distinta de la privacidad dependiendo de la aplicación”, ahonda Llaneza. “En España los usuarios no se preocupan tanto por cómo trata Facebook sus datos. Sin embargo, las iniciativas que nacen del Gobierno sí parecen tener cierto rechazo”.

El caso de Alemania también es especialmente llamativo: su app inicial fue recibida con una gran desconfianza, precisamente por estos temores sobre la privacidad. “El Gobierno tuvo que hacer el proceso más transparente”, explica Jaume-Palasi, que reside en Berlín. Durante el desarrollo, colaboraron desde ONGs hasta grandes corporaciones como Deutsche Telekom. “Ahora es uno de los países europeos donde más se utiliza: ya lleva 17 millones de descargas, en torno al 20% de la población”, explica Jaume-Palasi. Es el país con más descargas junto a Irlanda del Norte, donde ya la tiene el 37% de la población.

Los resultados, de momento, no son muy halagüeños. Aunque depende del país, los porcentajes de detección a través de las apps son, en general, bajos, ya sea porque no se están descargando lo suficiente (funcionan mejor cuantos más usuarios la descarguen, aunque no es imprescindible que la tengan todos), porque los usuarios no siguen las indicaciones o simplemente porque no están funcionando bien.

Las inquietudes sobre la privacidad influyen directamente en el éxito de las aplicaciones de rastreo. En Asia, la penetración de estos sistemas es mucho más amplia que en Europa, en parte porque “allí tienen una percepción de la privacidad distinta”, señala Llaneza. Por ejemplo, el sistema dictatorial de China hace que la descarga sea obligatoria y, además, recopila datos que incluyen la identidad de los ciudadanos, la ubicación e incluso el historial de pagos en línea.

En otros países asiáticos, como Singapur y Corea del Sur, utilizan apps “totalmente diferentes que recopilan todo tipo de información de los usuarios”, cuenta Jaume-Palasi. “Ya tienen experiencia con pandemias anteriores, han pasado por situaciones de planificación de este tipo de emergencias y han desarrollado una cultura muy distinta a la europea respecto a la privacidad”.

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Fuente: EL PAÍS
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