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90 horas de angustia para el mayor acuerdo de la UE desde el euro

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von Der Leyen y el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel.REUTERS

El principio y el final de esta historia son alegres, brillantes, históricos. Pero en medio ha habido momentos muy turbios. España impulsó a finales de abril el debate a favor de un fondo de recuperación con un informe que recibió el apoyo de Bruselas. Angela Merkel y Emmanuel Macron recogieron el guante y propusieron juntos y por sorpresa un gran fondo con 500.000 millones de euros en transferencias. Casi un mes después, este pasado martes, ambos se felicitaron por un acuerdo de los 27 socios de la UE que deja esas ayudas en 390.000 millones. Por el camino hacia ese salto sin precedentes han pasado semanas durísimas y una cumbre eterna a cara de perro con momentos sombríos en los que se pusieron en evidencia dos visiones de Europa y una batalla salvaje no solo por el dinero, sino sobre todo por el poder, para ver quién manda realmente en la Unión Europea.

A problemas excepcionales como la crisis económica de la covid-19, respuestas excepcionales como el fondo pactado por los líderes de la UE a las cinco y media de la madrugada del martes, tras casi cinco días de duras negociaciones. El enlace entre la mayor epidemia sufrida por Europa en más de 100 años y la masiva intervención para paliar los daños económicos ha sido una cumbre europea de cuatro días y cuatro noches en las que se rozó el drama de la ruptura, se asestaron algunas puñaladas negociadoras bastante traperas y se acabó con un acuerdo histórico y unánime que fue acogido por todos los presidentes de Gobierno con alivio y por las instituciones europeas con una euforia indisimulable estos días en Bruselas.

Bruselas tembló durante más de 90 horas ante el riesgo de un descalabro de las negociaciones, dirigidas por el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel. Su tuit a las 5.31 anunciando la conclusión de la cumbre y el acuerdo con un escueto “Deal!” en inglés desató una euforia en las instituciones comunitarias que todavía se palpa en las caras de altos cargos y funcionarios y hasta en los intercambios electrónicos rutinarios con las instituciones comunitarias, rematados a menudo estos días por emoticonos de alegría o escoltados por símbolos de admiración poco frecuentes en ese tipo de comunicaciones.

“El acuerdo no ha dejado ninguna amargura, todo lo contrario, una sensación de orgullo colectivo”, señalan fuentes de la Comisión Europea. Su presidenta, Ursula von der Leyen, era recibida este miércoles con aplausos por el resto de comisarios en agradecimiento, según un alto cargo del organismo, “por haber defendido durante la cumbre el papel de la Comisión frente algunos ataques a sus competencias”.

Los aplausos resonaban también en el Parlamento italiano o en el Congreso de los Diputados en Madrid, tras un acuerdo que compensa con creces, según un alto cargo europeo, “el sentimiento de abandono por parte de la UE que Italia y España sintieron al principio de la pandemia”. Por primera vez en más de una década, el bálsamo de la solidaridad recorre el continente. Y aunque el acuerdo del martes no puede reducir el dolor por las más de 170.000 vidas perdidas, Europa se da al menos un baño de confianza ante un futuro que, contra viento y marea, los socios comunitarios parecen dispuestos a afrontar juntos. Esta es una reconstrucción del centenar de horas que terminaron en suspiros de alivio pero bien podían haberlo hecho en una ruptura de consecuencias incalculables para el proyecto europeo.

Día 1: el desconcierto

La cumbre arranca a las 10 de la mañana del viernes con pocas esperanzas de llegar a un acuerdo. La mayoría de las delegaciones la perciben como un primer asalto muy duro, pero no definitivo. Y auguran la convocatoria de otra cumbre, como mínimo, antes de final de mes. En las instituciones comunitarias, sin embargo, cunde la sensación de urgencia. Y tanto Michel como Von der Leyen han percibido, en los numerosos contactos bilaterales que han mantenido en las últimas semanas, una decidida voluntad en la mayoría de los presidentes de Gobierno por llegar a un pacto cuanto antes.

“Hay un 80% de posibilidades de que se cierre el acuerdo este fin de semana, tal vez en la madrugada del domingo”, vaticinaba un alto cargo de la Comisión 48 horas antes de la cumbre. El pronóstico sonaba entonces demasiado optimista. Pero evidenciaba que la negociación previa había cogido un ritmo mucho más rápido de lo esperado. “Con coraje político, creo que podemos llegar a un acuerdo”, aseguraba Michel minutos antes de tocar por primera vez la campanilla para anunciar el comienzo del plenario de la cumbre en la planta quinta del edificio Europa en Bruselas.

Pero el optimismo se troca en desconcierto en los primeros compases de una cumbre que había empezado con efusivos codazos de saludo entre los líderes europeos, tras cinco meses reuniéndose por videoconferencia, y un intercambio de regalos entre los dos que cumplen años el 17 de julio, la canciller alemana, Angela Merkel, y el primer ministro portugués, António Costa. Michel disuelve la reunión poco después de las once de la noche, tras 13 horas de negociación, al constatar el inmovilismo de los llamados frugales: Países Bajos, Suecia, Austria y Dinamarca.

El primer ministro holandés, Mark Rutte, había llegado a la cumbre con la gobernanza del fondo como principal caballo de batalla. Su objetivo: establecer un derecho de veto sobre cada pago del fondo, una concesión impensable para el resto de delegaciones, que lo ven como una forma de establecer una troika disimulada. Michel aborda ese debate con la esperanza de encauzarlo cuanto antes para poder entrar en el regateo de la cuantía del fondo y en su distribución entre préstamos y ayudas a fondo perdido.

“Algunas delegaciones habían dejado claro que no entrarían a negociar el volumen del fondo mientras no estuviera clara su gobernanza”, justifica una fuente comunitaria para explicar la estrategia de Michel de iniciar el debate por esos tres puntos tan espinosos. El plan parece funcionar: la negociación sobre el sistema de control empieza a avanzar. Pero en contra de lo previsto por Michel, esos pasos en la gobernanza no provocan ningún movimiento entre los frugales, de los que no llega ninguna oferta sobre la cuantía del fondo. Su posición oficial sigue siendo cero euros en transferencias. El bloqueo es evidente y Michel levanta la sesión antes de que se pueda deteriorar aún más el ambiente. Los líderes se marchan a sus hoteles. Los contactos y las negociaciones multilaterales, vía telefónica, continúan durante buena parte de la noche.

Día 2: la remontada

Antes del arranque de la segunda jornada, Michel convoca un encuentro restringido con Von der Leyen, Angela Merkel, Emmanuel Macron, el primer ministro italiano, Giuseppe Conte, Pedro Sánchez y Mark Rutte. El objetivo es acercar posiciones antes de volver al plenario. Michel completa la ofensiva publicando su primer texto de compromiso, en el que mantiene la cuantía total del fondo en 750.000 millones de euros pero rebaja en 50.000 millones, hasta 450.000 millones de euros, la partida de ayudas. Y en un segundo gesto hacia los frugales incluye un freno de emergencia en el desembolso de las ayudas, para detener las entregas si un país tiene dudas sobre las reformas financiadas en los Estados beneficiarios. Además, Michel sube la oferta de los cheques de descuento en la contribución al presupuesto que para los cuatro frugales y Alemania pasen a sumar 46.000 millones.

Rutte acoge la triple oferta como “un paso en la buena dirección”, según indicaron el sábado fuentes diplomáticas holandesas. Michel espera la contraoferta. El presidente del Consejo, que unos días antes mantuvo una cena de trabajo con Rutte en La Haya, asume que la postura de cero euros para ayudas es solo un punto de partida. Y calcula que los frugales no pueden aceptar el medio billón de euros propuesto por la Comisión, pero pueden moverse en una horquilla de entre 350.000 millones y 400.000 millones. La noche avanza, sin embargo, y Rutte se mantiene impasible. “Fue el momento más delicado de la negociación, en el que cundió la sensación de que la cumbre no llegaría a ningún destino”, apunta una fuente comunitaria. El pánico se propaga entre las delegaciones partidarias del fondo, en particular entre las del Consejo y la Comisión y las de España e Italia. Los teléfonos de los diplomáticos echan humo. Muchos de ellos obligados a seguir la cumbre desde fuera del edificio Europa, por las normas de distanciamiento físico, que han restringido de 19 a siete el número de personas que pueden acompañar a los primeros ministros. Cientos de periodistas también cruzan llamadas con las delegaciones para averiguar si se ha llegado a la ruptura de las negociaciones o solo es un salto hacia la tercera jornada.

La ausencia de encuentros con las delegaciones aumenta la incertidumbre. La sede del Consejo, dos edificios unidos por una pasarela, que suman casi 300.000 metros cuadrados, se convierte durante las cumbres en un hormigueo de delegaciones, funcionarios, diplomáticos y periodistas que durante horas o días crean un particular hábitat en el que fermentan los acuerdos del Consejo y las crónicas informativas. “Se os echa mucho de menos”, tuitea una de las responsables del servicio de comunicación del Consejo con una foto del atrio del edificio que en cada cumbre se transforma en el campamento de trabajo de centenares de corresponsales y enviados especiales. La zona de prensa se encuentra completamente vacía en la primera cumbre europea de la historia celebrada en medio de una mortífera pandemia.

Michel resuelve las dudas. Poco después de las once de la noche, da por terminada la reunión y convoca para el domingo a mediodía. Las concesiones a los frugales le han permitido remontar el vuelo desde el bloqueo del primer día. Pero la falta de gestos de Rutte se mantiene y no está garantizado que vaya a moverse.

Día 3: montaña rusa

Los líderes europeos regresan de nuevo al edificio Europa, aunque no se verán las caras en plenario hasta bien entrada la tarde. Michel prefiere concentrarse en encuentros bilaterales y multilaterales para tantear en privado los márgenes de maniobra de cada delegación. La buena temperatura exterior lleva al presidente del Consejo a celebrar las reuniones en una terraza del edificio que se convertirá, junto a las mascarillas y los saludos a codazos, en una de las imágenes de una cumbre plagada de singularidades.

Michel, que solo lleva siete meses en el cargo, descubrió la terraza cuando en diciembre de 2019 pasó a ocupar la presidencia del Consejo Europeo tras cinco años como presidente del Gobierno belga. En pleno invierno le llamó la atención ese rincón exterior. Y preguntó si era posible colocar una mesa en aquel espacio. La petición se cursó, pero la mesa no apareció hasta seis meses después. Apenas una semana antes de la cumbre y sin que nadie, ni Michel ni quienes la colocaron, pudieran sospechar que ese mueble pasaría a la historia gráfica de la UE como uno de los lugares donde se forjó la respuesta europea a la crisis de la covid-19.

La terraza con vocación mítica favoreció la distensión, indica una fuente que ocupó asiento durante los multilaterales encuentros al aire libre. En mangas de camisa, con agua mineral o con zumos de naranja, según la hora, el anfitrión escuchaba a las delegaciones una tras otra.

Las notas de Michel sobre las posibles concesiones, sobre las cifras asumibles o inaceptables, alimentan al equipo de funcionarios de la Comisión que en otra parte mucho menos glamurosa del edificio hacen los cálculos sobre el posible terreno de compromiso. Ninguno de esos funcionarios ni su máximo responsable, el comisario europeo de Presupuestos, Johannes Hahn, aparece en los centenares de fotos distribuidas por el Consejo durante la cumbre.

Las huestes de Hahn se mantienen al pie del cañón día y noche, calculadora en mano y programa de cálculo en la pantalla del ordenador para traducir a cifras una negociación que aspira no solo a frenar la crisis económica sino también a revolucionar el sistema de financiación de la UE. En la zona de trabajo de esos funcionarios un llamativo detalle revela que más que un despacho al uso, se trata del campamento base para que los 27 puedan celebrar la cumbre: en el suelo, reposa una maleta y, al lado, se extiende un saco de dormir. Cuando el viernes entran en el edificio Europa, los técnicos de la Comisión saben que tienen por delante 48 horas sin poder volver a casa. Al final, no podrán salir hasta el martes por la mañana. Exhaustos, pero contagiados del “orgullo colectivo” que, según fuentes comunitarias, sintieron los 27 líderes cuando en la sala del Consejo dieron el visto bueno por unanimidad a unas cifras que pasarán a la historia presupuestaria de la Unión.

Datos y cálculos alimentan una negociación que durante el viernes y el sábado parece una montaña rusa. “Tan pronto parecía que estaba hecho el acuerdo como que se levantan de la mesa”, apunta una fuente que siguió el regateo.

Se hablaba de dinero, por supuesto, pero todas las fuentes consultadas coinciden en que había un claro trasfondo político. Una vez desaparecido el Reino Unido, el gran opositor a todos los avances de la UE, el poder interno de los 27 se está recomponiendo. Y hay países que discuten el dominio absoluto del eje franco-alemán, que esta vez tenía el respaldo total de los otros dos grandes, Italia y España. Como sucedió en la votación de la presidencia del Eurogrupo, con la derrota de Nadia Calviño, en esta cumbre también había una “rebelión de los pequeños”. El líder de ese movimiento era Mark Rutte, que tiene elecciones en 2021 y quería venderse en Holanda como un duro que se negaba a dar “dinero gratis”, en su terminología, a los países del sur. Pero el más duro, según coinciden varios negociadores, era el austriaco, Sebastian Kurz. Austria, casi siempre un satélite de Alemania, ejerció esta vez como su gran opositor. “Los choques de Kurz y Merkel eran durísimos. Él quería en todo momento desautorizarla. Kurz ya está pensando en la era post Merkel y quiere jugar su papel”, señala uno de los negociadores.

Esta enorme tensión entre dos formas de ver la Unión Europea se percibió en los plenarios y las reuniones informales, pero hay una que varios destacan como especialmente dura y también reveladora. Fue el domingo, fuera del plenario. Merkel y Macron, los dos grandes negociadores, van convocando poco a poco a los países más relevantes y más enfrentados.

Primero tienen un encuentro con Conte y Sánchez para cerrar su posición negociadora y confirmar que no había que bajar de 400.000 millones de transferencias. Ahí estaba en ese momento toda la cumbre. El domingo, los frugales hacen público, por primera vez, que están dispuestos a aceptar 350.000 millones de euros en transferencias y otros 350.000 en créditos. La oferta se hace a través de la primera ministra finlandesa, Sanna Marin. Todos los demás aguantan en 400.000. Pero algo se mueve. Al menos no es una oferta insultante, como la deslizada en una de las conversaciones por el primer ministro sueco, Stefan Löfven. El sueco llegó a sugerir que se dejaran las ayudas en 155.000 millones, una oferta que fue ignorada por Michel como si fuera una mera boutade.

A estas alturas ya era una partida de póker. Cada grupo trataba de dividir al rival. Los frugales intentaban que Italia y España, las más necesitadas, aceptaran 350.000 o algo similar ante el riesgo que suponía para ellos una ruptura de las negociaciones. Los mercados habrían castigado duramente a Italia y España. Pero Merkel, Macron, Conte y Sánchez se conjuran: 400.000 o nada. El italiano y el español son los más débiles. No pueden permitirse un “no deal”. Pero aguantan.

En ese momento la reunión se abre. Con los frugales y otros países a favor del acuerdo y muy necesitados, como Grecia y Portugal. En dos horas de reunión todos fijaron sus posiciones y sus reproches. Con cruces muy duros. Es ahí cuando Conte le lanza a Rutte, en una frase que parecía muy pensada y que apareció rápidamente en la prensa italiana: “Si dejamos que se rompa el mercado único tal vez tú serás un héroe en tu país por unos días, pero después de algunas semanas te exigirán que respondas públicamente ante todos los ciudadanos europeos por haber impedido una eficaz reacción europea”.

Cada uno de los frugales daba sus motivos, y algunos como el sueco Löfven apelaban a las delicadas mayorías de sus Parlamentos para aprobar un paquete así. Pero Kurz era mucho más brutal. “Aquí un día nos enteramos por la prensa de que Merkel y Macron habían acordado un fondo de 500.000 millones en transferencias y todos tenemos que asumirlo. Esto no es así”, se quejaba. Fue un golpe duro. Y real: Merkel y Macron sorprendieron a todos con ese acuerdo. Kurz fue muy claro. Dijo que en su país la opinión pública quiere “cero grants (transferencias)” así que cualquier cifra por encima de eso “es un regalo” que él y otros frugales hacen a los demás. Rutte también insistía en que los préstamos son mejores que las transferencias porque “disciplinan mucho”.

Ahí, además de Merkel, Macron y Conte, entró en juego también Sánchez. Varios frugales habían planteado que aquí el problema real era que Merkel y Macron querían a toda costa salvar su propuesta. Y el presidente español les dice que no es una idea francoalemana, sino algo que defienden 22 países frente a cinco. Sánchez trata así de mostrar unidad del bloque del sí frente a los frugales. Y dividirlos. Rutte y Kurz habían hablado varias veces de “dinero gratis” y Sánchez, que evitó entrar al choque en todo momento y buscó un papel más de componedor, según fuentes españolas, les contesta. “Aquí no hay dinero gratis. España contribuye al 9% de ese fondo y del presupuesto europeo. Y asume el pago de esa deuda en su parte. Todo se tendrá que devolver. Y estos fondos tienen mucha supervisión. Vosotros tenéis vuestros cheques y eso también nos cuesta mucho dinero a todos. Nadie nos va a regalar nada”.

Rutte insistió entonces en que los préstamos también son una buena solución y Sánchez le rebatió: “Ya hemos recibido préstamos. Ya hay un paquete enorme. Pero todos sabemos que no es suficiente. Los endeudamientos de España, Italia y otros están subiendo 20 puntos. Hasta el FMI está pidiendo un fondo de 1,5 billones, no podemos quedarnos cortos”. El portugués Costa también recordó ahí la experiencia traumática que supuso la troika para su país, y el griego Kyriákos Mitsotakis, que es conservador pero aquí hacía equipo con sus colegas socialdemócratas del sur, también insistió en la idea de que el fondo era muy importante para lanzar un gran mensaje europeo. En esta reunión y otras más pequeñas, los países grandes empezaron a creer ver que los frugales estaban divididos. Que Rutte y Kurz resistían pero Finlandia, Dinamarca y Suecia estaban más dispuestas a acercarse a los 400.000 que marcaban el punto de encuentro. Sin embargo, los frugales trataban de desmentir esa idea con reuniones en las que se les veían juntos y coordinados.

En ese ambiente, Michel, al menos, aprecia ya motivos para convocar finalmente el primer plenario del día, hacia las 19.00 en forma de cena de trabajo. El encuentro se prolonga durante poco más de dos horas y, por tercera noche consecutiva, la cena termina como el rosario de la aurora. Macron se muestra particularmente beligerante. Y amenaza con marcharse a París. Eso sí, dando antes una rueda de prensa para responsabilizar a los frugales del grave y estrepitoso fracaso.

Ante el riesgo de ruptura, empieza lo que se conoce como “blame game”, el juego de las culpas. Los frugales se mueven para exigir garantías de respeto al Estado de derecho para quien accede a los fondos. Sabían que el húngaro Viktor Orbán no entraría por ahí. Era una forma también de romper el bloque de 22 países que seguía unido con la propuesta franco-alemana, de la Comisión y del presidente del Consejo. Algunos negociadores señalan que ahí pensaron que los frugales querían buscar una explicación más noble para una ruptura que el rechazo a ayudar a países del sur en apuros por una pandemia.

Son las 21.19 del domingo. La cumbre roza la ruptura definitiva. El presidente del Consejo hace un solemne llamamiento a la calma y la responsabilidad. “La cuestión es la siguiente”, zanja Michel. “Los 27 líderes europeos serán capaces de forjar la unidad europea y la confianza o permitirán un desgarramiento que mostrará una Europa débil y minada por la desconfianza”.

La admonición no apacigua del todo los ánimos. Pero se confirma que los 27 están dispuestos a agotar todas las vías de negociación posible para llegar a un acuerdo. En la cumbre del distanciamiento, los observadores externos vigilan cualquier señal que anticipe una ruptura o un acuerdo. En la tarde del domingo, dentro del pesimismo, hay dos señales que mantienen los ánimos de quienes todavía sueñan con el fondo de recuperación. La policía belga anuncia que amplía hasta el lunes el perímetro de seguridad en torno a la sede del Consejo. Y más significativo aún. El primer ministro de Luxemburgo, Xavier Bettel, deja la cumbre y se marcha a su país, a 200 kilómetros, para asistir a un Consejo de Ministros. Pero anuncia, y cumple, que volverá para reincorporarse a una negociación que todavía tiene muchas horas por delante.

A las 23.24, el portavoz de Michel anuncia una pausa del plenario de 45 minutos. El parón indica, para algunas delegaciones, que todavía hay una posibilidad de éxito. Para otras más pesimistas, entre ellas la española, la cumbre apunta a un rotundo fracaso y solo se trata de que cada parte prepare su propio relato para intentar culpar a la otra del fiasco.

La cumbre entra en una fase delicada, con puñaladas estratégicas entre unos bandos que parecen cada vez más irreconciliables. Desde el lado frugal se propaga que el primer ministro italiano, Giuseppe Conte, está dispuesto a aceptar el recorte de las ayudas a 350.000 millones de euros con tal de lograr un acuerdo que libre a su país del posible castigo de los mercados en caso de fracaso de la cumbre. Fuentes comunitarias aseguran que Conte nunca admitió esa rebaja. Fuentes españolas señalan que Sánchez rechazó en todo momento esa posibilidad.

Las decenas de chats creados por las delegaciones para comunicarse entre sí y con la prensa bullen de preguntas, comentarios, rumores, pronósticos sobre el posible desenlace. El zumbido digital reproduce, en cierto modo, el avispero de la sala de prensa en las cumbres de antes de la covid-19, cuando la aparición de cualquier portavoz, funcionario o diplomático provocaba en torno a esa posible fuente un remolino de tensión y preguntas.

La noche se prolonga en contactos bilaterales. La delegación alemana se convierte en el centro de numerosas reuniones, con una canciller que ha tomado partido claramente por los meridionales. Allí pasan parte de la noche Conte, Sánchez, Costa y Mitsotakis, entre otros. “Un hervidero”, describe una fuente. La interminable velada abre de nuevo el apetito. “Alguno toma una copa de vino y casi todos picotean patatas fritas”.

Michel, mientras tanto, sigue recibiendo en privado a los líderes. La negociación apenas avanza. Pero hacia las cuatro de la madrugada se produce uno de los encuentros más cruciales. Michel recibe a Rutte en su despacho. El belga y el holandés se conocen desde hace años. El presidente del Consejo sabe que el primer ministro holandés es un experimentado y temible negociador ante el que no puede bajar la guardia.

Los dos son liberales y en el pasado han compartido muchas posiciones como representantes de dos países del Benelux. Pero ahora se encuentran en una situación delicada. Si Rutte no se mueve de los 350.000 millones, la cumbre está condenada al fracaso. Y la credibilidad de Michel como líder comunitario quedaría muy dañada, tal vez irreversiblemente. Michel advierte de que sin ningún gesto más por parte de los frugales la suerte está echada. Rutte se mantiene firme. Y se marcha. Pero regresa a los pocos minutos. El holandés se abre al regateo. Las fuentes consultadas señalan que en ese momento Michel vio a salvo la cumbre y el fondo de recuperación. Y su prestigio como presidente.

La pausa técnica de 45 minutos se da por terminada. Ha durado seis horas y media. Pero ha despejado el camino. Michel convoca de nuevo el pleno, para comunicar el cambio de rumbo. Al día siguiente, informa, presentará una nueva propuesta con una partida de ayudas directas en torno a 400.000 millones de euros, el mínimo que resultaba aceptable para Francia y los aliados del fondo. Son las 5.45 de la madrugada del lunes. El pleno se disuelve y es convocado de nuevo para las 16.00 de ese mismo día.

Día 4: El bálsamo

“Tengo la impresión de que los líderes quieren un acuerdo”, señala la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, a su entrada en el edificio Europa por cuarto día consecutivo. Es mediodía y el optimismo empieza a ser dominante, con todas las expectativas puestas en la nueva propuesta de compromiso que ultima Michel. Atrás han quedado los choques y exabruptos de un bronco fin de semana. El húngaro Orbán había llegado a relacionar el rigor de Rutte con los dirigentes autoritarios de la era comunista en su país. Miembros de la delegación francesa aireaban que Macron había golpeado varias veces la mesa durante sus choques con Rutte o Kurz. “Golpeado metafóricamente”, intentaban suavizar fuentes diplomáticas. Fuentes comunitarias aseguran que incluso Von der Leyen, que en público apenas se pronunció, se mostró dentro de la reunión muy dura, en particular con Rutte, por intentar arrebatar a la Comisión la vigilancia del fondo de recuperación. Sánchez también salió ahí en apoyo de la Comisión y del equilibrio de poderes con el Consejo Europeo, según fuentes españolas.

Michel no se mostró inquieto por las declaraciones extemporáneas de los líderes en el exterior del edificio Europa. Cosas de políticos, cuya piel lo aguanta casi todo. Pero el presidente del Consejo temía que el encono se fuese de las manos dentro de la sala, donde una escalada de tensión podría resultar incontrolable. La mayoría de los socios mantuvieron la compostura. Pero un líder resultaba particularmente imprevisible y peligroso para el consenso final: Kurz.

Con solo 33 años, el líder más joven del Consejo inició la cumbre compartiendo con Rutte el liderazgo de los frugales. Pero poco a poco fue endureciendo su posición hasta convertirse en un obstáculo mucho más insalvable que el holandés. Además de resistirse al fondo, Kurz parecía librar un ajuste de cuentas con Merkel, la antigua cabecilla de los partidarios de la austeridad a rajatabla. El giro de la canciller, que el 18 de mayo pactó sorpresivamente con Macron el apoyo a un fondo de medio billón de euros en ayudas, se ha vivido en Viena como una traición imperdonable. Kurz el imprevisible, sin embargo, no llevó su encono hasta el veto final. Nadie lo hizo. Las resistencias fueron poco a poco vencidas y cuando los grandes aceptaron bajar de la mítica cifra de 400.000 hasta los 390.000 como concesión a los frugales el acuerdo estaba encarrilado. En la tarde del lunes, Michel podía presentar su última propuesta, destinada a ser aprobada con pequeños retoques durante la noche del lunes al martes.

Día 5: “Deal!

La propuesta de Michel en la tarde del lunes mantiene en 750.000 millones el volumen del fondo. Asigna 390.000 millones a subsidios y el resto a préstamos. Un equilibrio aceptable para ambas partes. Establece un control más estricto de los pagos, pero sin conceder a Rutte el veto que deseaba, solo la posibilidad de parar el reloj en caso de duda para pedir que se pronuncie el Consejo Europeo. Y eso sí, aumenta considerablemente los cheques de descuento para los frugales. El acuerdo está al alcance de la mano.

Aun así, los flecos técnicos requerirán varias horas de negociación. El regateo final se prolonga durante la noche del lunes al martes. Pero ya sin drama sobre el riesgo de ruptura. La gran incógnita para muchos observadores es ahora algo tan baladí como la duración final de la cumbre: ¿batirá el récord de la de Niza, que en el año 2000 se prolongó de la mañana del 7 de diciembre a la del 11 de diciembre?”.

Después de la tensión vivida, la mirada al cronómetro se convierte en un pasatiempo tan extraño como divertido. El servicio de prensa del Consejo fija el listón: “Hemos calculado que los líderes deberán seguir hasta las 6:05 para superar a Niza”, tuitea ese servicio a las 00.30.

Con el acuerdo esperado de manera inminente, el récord parece imposible. Pero nunca se debe menospreciar la capacidad de la UE de mantener la emoción hasta el final. El reloj avanza y la fumata blanca digital no acaba de llegar. Hasta las 5.31, cuando Michel tuitea un sucinto “Deal!” en inglés. “¡Acuerdo!”. La euforia se desata, aunque el récord sigue intacto por media hora.

Los 27 lo han conseguido y en la sala reina una sensación de alivio, satisfacción y orgullo por el acuerdo alcanzado. No hay champán ni brindis, en un momento de agotamiento generalizado. Michel había preparado un broche final con un pequeño y frugal dulce de regalo para los tres líderes que han cumplido años durante la cumbre: Merkel, Costa y Löfven. Por un momento, la canciller no entiende el regalo, quizá porque su cumpleaños, que fue el primer día de la cumbre, le parece algo ya muy lejano después de 90 horas largas de negociación. El canto del Happy birthday por los presentes remata la cumbre que fraguó el mayor salto económico de la Unión desde el parto del euro en 1998.

Fuente: EL PAÍS
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