El Gobierno quiere llevar a los colegios el conocimiento de la represión franquista

Hilda Farfante en 2010, cuando participó en el encierro simbólico en una facultad de la Universidad Complutense en apoyo a Baltasar Garzón.LUIS SEVILLANO

“Siempre dije que mientras me quedase voz, gritaría por ellos, pero se me está apagando… He pasado mi vida buscándolos. Se trata de mis padres. Pronto partiré y no quiero dejarlos en la cuneta”. Hilda Farfante ha sido una de las primeras en escribir a la dirección de correo habilitada el pasado viernes por el Gobierno para recibir ideas para la nueva ley de memoria histórica (consultaleymemoria@mpr.es). En su carta incluye seis propuestas y un ruego acompañado por las coordenadas de los lugares donde cree que fueron arrojados en 1936 Ceferino Farfante y Balbina Gayo, asesinados con apenas 24 horas de diferencia. Primero ella, y luego él. Hilda va a cumplir 90 años. El texto que ha enviado a La Moncloa repite tres veces la palabra “urgente”.

Su historia forma parte del horror compartido por decenas de miles de víctimas de la Guerra Civil que no cayeron en el frente de batalla, ejército contra ejército. Los que murieron fusilados por votar o pertenecer a un partido político; a un sindicato o, como en el caso de los padres de Hilda, por ser maestros de la República. El 8 septiembre de 1936, Balbina, que era la directora de la escuela de Cangas del Narcea (Asturias), acudió a poner en marcha el curso escolar. Vivían en Besullo, un pueblo pequeño, a 17 kilómetros, que entonces no tenía ni carretera. “Y a la puerta misma de la escuela, según lo que contaron al día siguiente, un grupo de falangistas la detuvo. Siempre digo que murió en acto de servicio. Ocho años después del asesinato, en su partida de defunción escribieron que murió por un hecho de guerra, pero su única arma era la llave del colegio que llevaba en el bolsillo”, relata Hilda.

En cuanto supo que habían detenido a su mujer, Ceferino Farfante salió a caballo a buscarla. En una posada intentaron convencerle para que se diera la vuelta. Él siguió hasta Cangas del Narcea para intentar cambiarse por ella. Llegó al cuartel el 11 de septiembre de 1936, pero ya era tarde. “Aquella mañana habían matado ya a mi madre y aquella misma noche lo sacaron a él por atrás y también lo fusilaron. A uno lo tiraron a una cuneta, a otro en un barranco…”.

El padre de Ceferino cogió entonces a sus tres nietas, Hilda, de cinco años, Noemí, de 7 y Berta, recién cumplidos los 4, las subió a dos mulas y se las llevó al monte. “Estaba muy asustado porque en el pueblo se decía que los franquistas querían ‘acabar hasta con las raíces’ y le contaron que unos días antes habían matado a un chico de 14 años por negarse a revelar dónde estaba su hermano guerrillero”. Mientras, un hermano de Ceferino había llamado a las puertas de familias de derechas para rogarles que escribieran cartas en su favor. Pero de camino al cuartel le dijeron: “Farfante, no corras que ya los han matado a los dos y tu padre se ha ido al monte con las niñas”. Cuando los encontró se los llevó a su casa de Luarca.

“Nadie nos explicó nada. Lo sabíamos nosotras de tapadillo y de tapadillo seguimos”. Las tres hermanas fueron separadas. Berta y Noemí se quedaron con unos tíos que les decían que sus padres habían muerto por querer más a la política que a ellas. Hilda fue a vivir con su tía Guillermina, también maestra, una mujer que cerraba las contraventanas de madera de su casa para que no la vieran llorar. El hermano de Ceferino que había intentado salvarlo con aquellas cartas murió al poco tiempo, emborrachándose. La abuela materna de Hilda enloqueció del dolor.

Hilda pide al Gobierno que constituya una unidad estatal para atender todas las demandas de recuperación de restos de los que, como sus padres, permanecen en fosas y cunetas. Propone que la nueva ley incluya la creación de un banco de ADN para tomar muestras de los familiares de los desaparecidos y poder así identificar a los fusilados; que se lleve a cabo una “exhaustiva investigación” de las desapariciones, poniendo en común la información acumulada durante años por particulares, asociaciones, expertos y distintas administraciones; que se establezcan objetivos y sobre todo, plazos, para reparar a las víctimas y que en el currículo escolar –ella también fue maestra- se incluyan contenidos para dar a conocer la represión franquista.

En el año 2000, junto a la fosa donde creen que fue arrojada su madre, en un acto para recordar a las víctimas del franquismo, le pidieron que dijera unas palabras. A Hilda se le escapó un grito que terminó convirtiéndose en el himno de los desaparecidos del franquismo: “Grito por ellos, por su injusta, terrible y cobarde muerte. Por su miedo, por su dolor, por su juventud truncada, por la vida que no vivieron. Grito por nosotros, que nos quedamos aquí, sin ellos, huérfanos a merced de sus asesinos, que se pasaron 40 años insultándoles, pisoteándoles y diciendo mentiras y más mentiras sobre su vida y sobre su muerte. Grito por todo lo que tuvimos que callar y que aguantar. Por las viudas, por las madres, por todos los que murieron con la boca bien apretada para que no se les escapara este mismo grito…”.

Fuente: EL PAÍS
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