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Portugal entra en la lista negra por el azote del virus

Un grupo de niños juega en el patio de un colegio del barrio de Santa Clara, en Lisboa.  / J. M. D. B.
Un grupo de niños juega en el patio de un colegio del barrio de Santa Clara, en Lisboa. / J. M. D. B.

Es el último día de curso de Sandra. Sus alumnos corretean por la escuela de primaria del barrio de Santa Clara, el único de Lisboa en el que se han endurecido algunas medidas restrictivas. Hay casi más cuidadoras que niños. “Los padres tienen miedo y no quieren traer a sus hijos. Desde que se reabrieron las escuelas en mayo ha regresado menos de la mitad”. Los niños juegan al pilla-pilla y al escondite, algo no tan habitual como pudiera parecer, la razón es que han desaparecido del patio pelotas, neumáticos y cualquier objeto de juego. “Hay que tener prudencia”, aconseja Sandra que, como sus compañeras, lleva mascarilla, a diferencia de los niños.

Basta cruzar un paso de cebra para tener que obedecer unas normas u otras. En el vecino distrito de Lumiar, al que se llega cruzando la calle, se admiten reuniones de 10 personas máximo, sin embargo, en Santa Clara los grupos solo pueden ser de cinco. Pero no hay tales. La actividad peatonal es escasa a media mañana, son contados los ciudadanos, con bolsas de la compra o con perro, otros echando comida a las palomas o fumándose un pitillo. Todos con mascarilla en la boca, el cuello o el brazo. El comercio está abierto —siempre lo ha estado, aunque en este barrio, desde esta semana, tiene que cerrar a las ocho de la tarde—. Aparte de supermercados (que pueden abrir hasta las 10), la clientela es muy escasa. Un par de brasileñas sirven en la Pastelería de Santa Clara cafés y bollos a 0,90 euros, no son precios de la Lisboa turística, pero a esta parte nadie va a venir a hacerse un selfi.

“Aquí pagamos justos por culpables, mire usted”, explica Raquel, que lleva dos perros. “La presidenta de la junta de distrito vive enfrente del parque y nos tiene como mártires a los dueños de los perros”. Los jardines de la Quinta de Santa Clara están impolutos. Varias madres pasean a sus niños y se toman un café en el quiosco en esta zona versallesca. No hay un papel en el suelo en todo el parque y —bajo amenaza de multas de 5.000 euros— menos aún excrementos caninos.

En la junta de distrito solo se atiende con cita previa. En ventanilla no quieren hablar, se remiten a la Dirección General de Salud y al bando de la presidenta, Maria da Graça Pinto Ferreira, emitido el miércoles: “Como es sabido, en los últimos tiempos se verificó una deslocalización de los focos de infección del norte al sur del país. En esta fase, el área metropolitana de Lisboa presenta la mayor y más significativa tasa de incidencia, en particular los concejos que revelan una proximidad geográfica: Sintra, Amadora, Loures, Odivelas y la zona noroeste de la ciudad de Lisboa, en los distritos de Santa Clara, Lumiar, Marvila, según la Dirección General de Salud”.

Desde hace un mes, el área de Lisboa concentra la mayoría de los nuevos positivos. Este viernes, el 75% de los 451 casos, la mayor cifra desde el 8 de mayo. Se desconoce cuántos de ellos en Santa Clara. “Los contagios no son aquí”, opina Raquel, “sino en los suburbios del distrito, donde hacen más fiestas y más reuniones, por la zona del mercadillo de Galinheiras”.

Otro mundo

Galinheiras es Santa Clara pero también otro mundo; las viviendas son más modestas y apenas se ve a nadie por sus calles. En el aparcamiento que acoge los domingos el popular mercado solo queda por testigo un par de chancletas en piel de leopardo, número 38, impecables. Deben llevar ahí cinco días, pero quizás la precaución impide que vuelen, como la basura, que cinco días después desborda los contenedores. Desde este fin de semana, el mercado de Galinheiras, como el de Ladra, ha sido prohibido por el alcalde de Lisboa, Fernando Medina.

Una camioneta para enfrente del mercado de Galinheiras. El conductor sale y deja un puñado de bolsas en la valla de un edificio de pisos; al segundo, una persona de unos 30 años aparece de la nada y desaparece y ya no hay bolsas. Desde el inicio de la epidemia, los funcionarios de Santa Clara Igor y Fillipa se dedican a repartir comida a los hogares necesitados. “Nuestro recorrido es de 158 viviendas, pero en total son más de 500 comidas diarias”, explica Fillipa. “Las personas necesitadas o los padres de los niños que antes comían en sus escuelas llaman a la oficina del distrito, los apuntamos y se las traemos”. Son los estragos sociales de la epidemia.

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Fuente: EL PAÍS
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