Rusia apoya en las urnas la maniobra de Putin para cambiar la ley y poder permanecer en el poder

Un hombre vota este miércoles en un colegio electoral de Moscú.
Un hombre vota este miércoles en un colegio electoral de Moscú.MAXIM SHIPENKOV / EFE

La señora Antonina rasca la papeleta para una gran rifa de premios y descuentos que un observador electoral le ha entregado por votar en la consulta para la reforma de la Constitución. Junto a una de las mesas, cuajadas de chapas, bolígrafos, imanes y calendarios de regalo en el centro de votación 142 de Moscú, la mujer, de 73 años, cuenta que ha leído las enmiendas allí mismo. Lo ha hecho en uno de los carteles pegados en la pared que en blanco, azul y rojo —los colores de la bandera rusa— recogen las enmiendas a la Ley Fundamental rusa. La que dicta que los funcionarios no podrán tener doble nacionalidad, la que habla de la “protección del legado cultural”. También, bajo el epígrafe “Estabilidad y desarrollo”, aunque de manera críptica está la que pone el cuentakilómetros presidencial de Vladímir Putin a cero, con lo que le permitiría volver a presentarse a las elecciones al final de su mandato, en 2024, y perpetuarse, si quiere, hasta 2036.

“Me gustan los cambios, aunque uno no me convence, tengo respeto por los sentimientos de los demás, pero soy atea, así que la enmienda sobre Dios no me satisface”, dice Antonina encogiéndose de hombros. Una de las enmiendas hace una referencia a la “fe en Dios”, otra al patriotismo y a la protección de la familia en un paquete que da a la Constitución un nuevo aire nacionalista y conservador. Rusia afronta este miércoles la recta final de la consulta popular sobre los cambios en la Ley Fundamental. Y lo hace en medio de la pandemia de coronavirus y cuando Rusia aún contabiliza más de 6.000 nuevos infectados al día.

Por primera vez, las urnas han permanecido abiertas durante una semana para reducir la multitud en los centros en un único día y aumentar así la participación. Además, las autoridades regionales se están esforzando al máximo para atraer a los electores, regalando entradas a espectáculos, papeletas para obtener descuentos en restaurantes o supermercados; o boletos para rifas que en algunas ciudades suponía incluso el sorteo de coches o apartamentos. Quizá la única intriga de la consulta es, precisamente, qué premio se llevan los votantes.

La consulta, en la que a las 16.00 (hora de Moscú; 15.00 en la España peninsular) había participado el 62% del electorado de todo el país, según la Comisión Central Electoral, ha recibido ya denuncias de irregularidades por parte de la oposición y de organizaciones por los derechos civiles, que han documentado presiones sobre los trabajadores públicos para que acudan a votar. Es, según el grupo de monitoreo electoral independiente, la votación “menos transparente” desde la desintegración de la Unión Soviética, en 1991. Una encuesta a pie de urna realizada por el Centro de Investigación de Opinión Pública de Rusia dijo que durante los primeros cuatro de un total de siete días de votación, el 76% de las personas votó a favor y casi el 24% en contra.

La Comisión Electoral ha empezado a difundir ya resultados antes del cierre del último colegio, con los centros del Lejano Oriente ruso ya cerrados. El sí gana con en torno al 70% de los votos, con menos del 3% escrutado. Otra irregularidad que, según la oposición, podría influir en los resultados.

Se espera que el sí gane abrumadoramente. Pero en esta consulta, que es más un plebiscito destinado a consolidar el poder de Vladímir Putin, importa mucho la participación. Es la forma de dar legitimidad a la reforma, comentan los observadores. “Les pido, queridos amigos, que expresen su voz; cada voto es importante”, pidió el presidente ruso a los ciudadanos el martes en un discurso a la nación. Desde hace una semana, se ha puesto en marcha una campaña de propaganda masiva sobre la reforma, que en realidad tiene en esta votación solo un paso final. El Parlamento ruso y el Tribunal Constitucional ya le dieron el visto bueno.

En la Escuela 1574, en el centro de Moscú, una ristra de globos con la bandera de Rusia recibe a los votantes. Se ha declarado día festivo nacional y la afluencia no es demasiada. Allí, Dilara, que prefiere no dar su apellido, cuenta que ha votado en contra. “He venido porque he sentido responsabilidad por el futuro de mis hijos y quiero decirlo incluso si mi voto al final no se contabiliza”, dice ante la atenta mirada de sus dos hijos. “No creo que nada dependa de mi voto pero hay que expresarse”, sigue la mujer, de 35 años, contable en una escuela de idiomas ahora de baja por maternidad. Muchos de los que votan en contra prefieren evitar dar datos personales. Temen las represalias.

“En esta situación es absurdo votar. No hay tanta prisa para hacer estas cosas tan serias”, comentaba Yevguenia, maestra jubilada. “Todo lo que está organizado así no me gusta, es demasiado irresponsable desde cualquier punto de vista. Parece que todo el mundo está progresando hacia la democracia; lo que incluye la nueva constitución que será aprobada, no tengo ninguna duda, es un camino hacia el absolutismo”, dice tajante.

Con los actos multitudinarios prohibidos, la oposición ha estado maniatada para manifestarse. Sus campañas para pedir la abstención —la mayoría de partidos— o votar no ha sido sobre todo online. Algunos atrevidos, sin embargo, han organizado acciones creativas. El grupo ‘Esos’ organizó una performance en la Plaza Roja de Moscú en el que sus activistas formaron la cifra 2036 —el año hasta el que Putin podría mantenerse en el poder— con sus cuerpos. Los activistas, de una asociación que se hizo conocida en abril de 1991 por una acción similar —formando la palabra “polla”— para protestar por una ley soviética que prohibía decir palabrotas, fueron rápidamente detenidos. También en San Petersburgo ha habido detenciones.

En la singular votación, algunas regiones han habilitado un sistema de votación online, como Moscú y Nizhni Novgorod. Las urnas digitales se cerraron anoche. Además, para fomentar la participación, las comisiones electorales regionales han formado brigadas para ir a recoger el voto a domicilio. También a hospitales. En Oremburgo, han acudido también a centros sanitarios. En uno de ellos está Daria Krasnikova con su hijo, hospitalizado. La mujer, de 30 años, decidió no votar por desconfianza en el sistema. “No vi las urnas selladas, así que no me fie”, dice. Su marido, Nicolai, en cuarentena porque en su trabajo se han detectado casos de la covid-19, votó en casa. Un equipo de miembros de la Comisión Electoral local con trajes de protección se acercaron a recogerle el voto.

Fuente: EL PAÍS
Ir al artículo original