El gran brote en una empresa cárnica en Alemania obliga a imponer restricciones a 360.000 personas

Un médico se somete al test del coronavirus en el centro de salud de Spandau.
Un médico se somete al test del coronavirus en el centro de salud de Spandau.Patricia Sevilla Ciordia

Un pequeño grupo de soldados con cara de despistados escucha con atención los detalles sobre un nuevo foco de contagios en una comunidad religiosa, en la oficina municipal de salud pública de Spandau, al oeste de Berlín. Vienen a reforzar a los más de 100 rastreadores civiles que en los últimos tres meses han perseguido con minuciosidad las infecciones de covid-19. La canciller alemana, Angela Merkel, insiste desde hace semanas en que romper la cadena de contagios es la única forma de contener la enfermedad hasta que haya una vacuna. Y en esa lucha contra la propagación, oficinas locales como la de Spandau han jugado un papel determinante en esta epidemia, que Alemania ha logrado controlar sin que su sistema de salud se haya desbordado. La descentralización de su sistema, más allá de los länder, ha evidenciado que el conocimiento del terreno y la cercanía pueden ser herramientas muy útiles.

El camino no ha sido fácil y algunas de las más de 400 oficinas locales de salud han hecho frente a la emergencia con grandes dosis de improvisación e imaginación. Cuando estalló la crisis, Spandau, un distrito en el que viven unas 240.000 personas, contaba con un equipo de ocho personas dedicadas a frenar la propagación de brotes de salmonela, legionela o meningitis, entre otros. En el pico de la epidemia han llegado a sumar 124 trabajadores, que atienden al teléfono las consultas de los ciudadanos y han rastreado las 320 infecciones del municipio, trazando la red de contactos pasados de los infectados, haciendo pruebas diagnósticas y ordenando cuarentenas.

En Spandau, reclutaron y formaron a empleados municipales que no podían trabajar por la epidemia. Desde los dentistas que iban a las escuelas a enseñar salud bucodental, pasando por los bibliotecarios. Todos se volcaron. “Al principio estábamos desbordados. Después, vinieron de todos los departamentos. Tuvimos mucho apoyo del Gobierno local”, asegura en su despacho la doctora Gudrun Widders, directora de esta oficina municipal de salud pública, los Gesundheitsämter. El resultado es un puzle burocrático que hace un trabajo muy efectivo.

Unos 30 empleados forman parte de la primera línea del frente, los que atienden al teléfono a los vecinos que llaman preocupados porque han tenido el primer síntoma o han estado en contacto con algún positivo. A principios de marzo, los bibliotecarios recibieron formación sobre cómo responder a las preguntas que iban a recibir y a dónde derivar cuando no supieran responder.

“Sí, ¿todos viven en la misma casa? Espere, que le doy cita para el test”. La conversación que se escucha desde este lado del teléfono se repite por parte de los investigadores sanitarios desde hace semanas en este centro. La profesional que contesta es parte del núcleo duro del equipo, el que forman los supervisores de salud o controladores higiénicos, que cuentan con una formación profesional de dos o tres años, dependiendo de la región. Son una suerte de criminalistas biológicos que investigan epidemias. Ahora son cuatro equipos, que cada día elaboran un listado de posibles infectados, les llaman y les dan cita para hacerse el test. Si el posible contagiado tiene coche y se encuentra bien, acude en persona. Si no, para que eviten el transporte público, los empleados acuden a su domicilio. Cuando no contestan al teléfono, los empleados van en persona a su casa y si no están, le dejan un aviso en el buzón.

El tercer equipo es el que se encarga de hacer el seguimiento de los que están en cuarentena. Cada dos días les llaman para que se tomen la temperatura y rellenar un diario sanitario para ver si hay síntomas.

Un hombre que apenas habla alemán se acerca a la ventanilla de las oficinas de protección de la infancia, unas manzanas más allá de la oficina de salud, donde realizan los test. Viene con la cita que le han dado por teléfono los investigadores. Se baja la mascarilla, abre la boca y una especialista enfundada con un traje protector le hace la prueba a través de la ventana. “Le llamaremos mañana o pasado con los resultados”. Al frente de la operación, Wilhem Geilen explica que ahora hacen unos 10 test al día con cita, además de las visitas a domicilio. Asegura que la situación está más controlada, pero que al principio fue difícil hacer acopio del material. “Hubo que organizarlo todo muy rápido”.

Coincide Widders. “Al principio, no pudimos dar con todo el mundo para que se sometieran a cuarentena”, dice la doctora, que recuerda, por ejemplo, el caso de un vecino que dio positivo y que venía de esquiar en Austria, y había estado en un concierto, en una sauna y había visitado a su familia. En casos como ese, ponían anuncios para que la gente que había estado en esos lugares los llamaran. Pero poco a poco, los contagiados y las personas con las que habían estado en contacto los 14 días anteriores fueron cumpliendo sus cuarentenas y dejando de propagar el virus y las famosas cadenas de contagio se quebraron. “No podemos descubrir todo, pero podemos descubrir mucho. En Spandau ha funcionado muy bien y ahora hay pocos pacientes, menos de 10 en el hospital, que nunca ha estado saturado”, asegura Widders.

En su oficina se encuentra una pieza fundamental del operativo. Se trata de un fax al que llegan los resultados de los laboratorios, también de otras regiones, porque, según explica la directora, enviarlo por correo electrónico vulneraría la protección de datos. Esos faxes van directos al equipo de investigadores, que rellenan con datos su tabla de Excel.

En Alemania, la situación de estos centros de salud pública locales varía mucho según las zonas. En general, Widders asegura que los empleados de estas oficinas no están bien pagados y a lo largo de los años se han ido reduciendo los recursos y el personal. También en este distrito periférico, donde vive mucha gente con problemas socioeconómicos, que no puede permitirse vivir en el centro de Berlín.

Esta crisis ha supuesto un revulsivo. En el paquete de medidas de estímulo económico que Berlín ha aprobado esta semana, figura una partida de 9.500 millones de euros para fortalecer el sistema de salud. De ellos, 4.000 millones de euros se destinarán a un pacto para los servicios de Salud Pública, con el que se proporcionará a las oficinas locales más personal y mejor equipo técnico, según explica una portavoz del ministerio de Sanidad. El Gobierno federal anunció hace semanas que el objetivo es que haya un equipo de al menos cinco personas por cada 20.000 habitantes. Una investigación periodística publicada a mediados de mayo indicaba, sin embargo, que ese objetivo no se había cumplido en numerosos municipios. Merkel anunció en abril que se crearían además 105 equipos móviles que financiará el Ministerio de Sanidad, con la idea de aliviar los cuellos de botella que se produzcan en las diferentes Administraciones locales. Los centros municipales que vean que no son capaces de hacer el seguimiento, tienen la obligación de comunicarlo a las autoridades para poder encontrar una solución. En el Instituto Robert Koch, el de referencia para casos de pandemias, se ha reforzado la unidad de 40 personas que sirve de contacto con los servicios municipales de salud pública.

De los soldados recién llegados no se espera una gran contribución, porque no pueden hacer test ni ordenar cuarentenas. Hoy les explican que entre los contagiados en el brote del pasado fin de semana hay niños y que cuando lleguen los resultados de los test se decidirá si cerrar el colegio o no. La coordinación con un municipio colindante les ha permitido además saber que hay otros dos infectados de la misma comunidad religiosa, por lo que van a investigar a todos los miembros porque podría haber más.

A pesar de que el número de casos activos continúa descendiendo en Alemania y el incremento de nuevos contagios se ha estabilizado, proliferan los brotes localizados como este. La suma de contagiados de covid-19 en Alemania es de 182.370 y de muertos, 8.551, según los datos del instituto Robert Koch. La relajación de las restricciones y la actitud de algunos ciudadanos hace temer a numerosos expertos que pueda haber una segunda ola. “Lo bueno es que ahora ya tenemos la estructura montada, la gente formada y la maquinaria engrasada”, se consuela Widders.

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Fuente: EL PAÍS
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