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Las bicis que prometen la “felicidad” pinchan en Bolsa

Todo tiene un precio. La cuestión es cuál. Peloton Interactive es el último caso de una compañía que sale a Bolsa en Wall Street basada más en expectativas de beneficios que en ganancias reales. Y el mercado, que hace unos meses estaba dispuesto a otorgar el beneficio de la duda a cualquier unicornio tecnológico, ahora mide mucho más dónde pone el dinero.

Los usuarios de las bicicletas estáticas de Peloton están completamente enganchados a las clases que siguen a través de las pantallas táctiles en el manillar. Pero la compañía no tiene un plan específico para ser rentable y eso significa plomo en las alas para las acciones. Peloton, que hizo su debut el pasado 26 de septiembre a 29 dólares por título, perdió en su primera sesión un 11%. A media jornada del pasado viernes la cotización seguía por debajo del precio de la oferta pública de venta, OPV, (a 22,7 dólares), con una capitalización de mercado de 6.300 millones de dólares.

Peloton fue fundada hace siete años en la ciudad de Nueva York, en los años en los que empezaba a forjarse como un polo tecnológico alternativo a Silicon Valley. El problema no es la compañía, como señalan las analistas es el valor. Como en el caso de Uber, Lyft y de la frustrada WeWork, las rondas de financiación previas a su salida a Bolsa fueron un éxito, pero la compañía (y los bancos asesores) han querido estirar demasiado el chicle en su transformación en empresa cotizada. Peloton logró recaudar 1.200 millones con la colocación de acciones con una valoración de estas que significaba una prima del 80% con respecto a la última ronda de financiación que hizo en agosto de 2018.

La compañía vende bicicletas estáticas conectadas a clases de fitness por streaming. Esa es la definición más simple. Pero diseccionando el folleto con el que se presentó a los inversores se ven muchas más cosas. John Foley, su consejero delegado, dice que Peloton vende “felicidad”. Es a la vez una empresa de medios, de diseño de producto, una tecnológica, un desarrollador de software, vende ropa deportiva y, por si fuera poco, además es una plataforma social.

Las máquinas de Peloton, según el modelo, valen entre 2.200 y 4.300 dólares. Los usuarios que quieran una suscripción a las clases deben pagar otros 40 dólares al mes. La plataforma de ciclistas de salón ha vendido 577.000 unidades, la mayoría en EE UU. La comunidad la integran 1,4 millones de miembros y, de ese total, medio millón está abonado al servicio básico. Hay un servicio a mitad de precio que no requiere de bici para las clases.

Cuenta de resultados

Peloton Interactive consigue así generar unos ingresos que se aproximan a los 1.000 millones de dólares anuales. En el último ejercicio fiscal más reciente, que cerró en junio, duplicó la cifra de negocio con respecto a 2018, hasta los 915 millones. Dos años antes la facturación no llegaba a los 220 millones. Del total de la cifra de negocio del último ejercicio, 720 millones los obtuvo a través de la venta de las bicicletas estáticas. Por vía de las suscripciones generó 180 millones.

El negocio de bicicletas y suscripciones de Peloton tiene un margen de beneficio del 40%. Sin embargo, las pérdidas de la compañía crecen a un ritmo más rápido que los ingresos. El pasado ejercicio rondaron los 195 millones, cuatro veces más que en 2018 y triplica las de 2017. El motivo es el gasto que está destinando a la promoción de su servicio y a otros costes de tipo administrativo más generales.

El modelo de negocio de Peloton tiene otro problema, similar al de Spotify o cualquier otra plataforma que ofrece contenido audiovisual original de terceros a través de Internet. Las clases de fitness incluyen música. Eso implica que debe pagar por los derechos de las canciones que escuchan sus usuarios cuando hacen ejercicio en sus máquinas. Durante los últimos tres años destinó 50 millones a sufragar este coste.

Aunque no es un servicio streaming como tal, la música es un componente clave para competir por los clientes. Y por eso es uno de los riesgos a los que deben prestar atención los inversores al entender cuál es el camino a la rentabilidad. Peloton fue demandada en marzo por un consorcio de compañías editoras de música, que le reclaman 300 millones por el uso sin licencia de su contenido.

Gastos inmobiliarios

Operar todo este negocio desde Manhattan también es un lastre para los costes que debe soportar Peloton. Al alquiler que paga por su cuartel general, se le sumo el lease por el estudio que utiliza para producir el contenido audiovisual que distribuye a través de las pantallas táctiles. El año próximo se muda a un nuevo complejo, lo que seguramente elevará el monto destinado a la partida inmobiliaria.

Hay un pero adicional, que complica entender las cuentas de Peloton. Las empresas emergentes suelen utilizar nuevas métricas desconocidas o difíciles de entender para el inversor. Ofrece una media de usuarios conectados al mes, que incluye a miembros que suspendieron la suscripción así como abonados que pagaron por todo el año y que podrían cancelar cuando expire el contrato.

Foley insiste que la compañía está priorizando crecimiento sobre rentabilidad. Las pérdidas, añade, hay que verlas como una inversión. El consejero delegado recuerda también que el capital que ha recaudado con la salida a Bolsa (1.200 millones) le permitirá invertir en su expansión geográfica e innovar para mejorar su producto. Tampoco se muestra preocupado por las demandas de los editores musicales, “no siento que tenga una espada en la cabeza”. De momento, Peloton sigue pinchando en el parqué.

Fuente: EL PAÍS
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